21 de agosto de 2016

He vuelto

Txt: 'He vuelto'.

Volver a volver; de volver, a verte. Y venir vuelta de risa: arrugada de verte. Pensarte, por dentro, venir; luego, echar el freno. Ponerle matices, arandelas de fuego al vuelo.

Volver a volver; de volver, a verte es morirse de hambre delante de algo que quema. Volver a estucar el techo; envolverlo con ideas importantes; con dibujos inocentes; con tus ojos vueltos.

¿Volvemos para volver a creer en algo? ¿Creamos para volver a algo en lo que creer?

Volver a volver; de volver, a volar. Hacerlo bajito, sin fuerza. Confundirse. Caminar. Dar la vuelta hasta el envés. Cerrar por dentro.

Volver a volver; de volver, a buscarte un sentido en la erótica de mis notas. Volver a tu punto final; a las ganas de verme.

Nadie va a volver, a volver; de volver, hasta que no tú vuelvas.

?

Y da igual. Aquí me espero.

12 de julio de 2016

La penúltima grieta y nos vamos.

Juana se definía microclima.
Era una loca larga.
Empezó a ladrarle a los gatos de su cabeza a los.
Andaba disuelta en sus trece: colgada en los párpados de.
Poseída de poemas, impasibles, pausas tétricas: rodeada de puntos y.
Escondida y magnética de sombra, descalza en un campo sembrado con.
Recolectando preposiciones indecentes durante.
Invadida ante.
Inválida de minas y fricción por.
Desnuda en todos los espejos sin.
Buscando equil-ebrio.

- "Y entre la nada y el dolor, ¿usted qué elegiría?"

+ "La cobardía hay que llevarla al día", respondió Juana.


9 de enero de 2015

1.

El día que Manu se fue de casa, sentí impotencia y rabia: un dolor acostado como un perro ciego encarcelado en mis costillas. Por lo pronto, la luna dejó de ser esfera semipreciosa para descubrise como un neón publicitario más... con esos desagradables surcos adolescentes... un astro desmejorado que por supuesto, no atendería ninguna petición o plegaria de este lobo herido. 

La verdad es que nunca pensé que fuese a doler tan alto. Peor que un desgarro de escroto o que una amputación de huevos, fue la estampa de mi cama vacía: la orfandad de los veinte metros cuadrados de esta casa y la puta lejanía de los interruptores que empecé a no alcanzar desde mi lado del sofá. 

Solíamos encender unas luces que adornaban la pared al hacer el amor como si fuese festivo en el barrio. Ella decía que era para celebrar la vida a través del coito y mientras me daba besos cíclopes de los de Cortázar. 
Antes, durante y después. 
Ella era un beso cíclope. 
Ella era la palabra.

Nunca fui un ser tan leve como en esos días de amor epiléptico, nunca me reconocería menos ogro de musgo en la cabeza y corazón-caverna. En ningún caso, nunca antes fui más persona. Pero como todo en este valle, ella se fue y el enano cabrón e insaciable de la infelicidad me aterrizó de golpe. Con esas garras oxídadas con las que perfora los órganos de sus víctimas, me pateó los huesos con la compasión de un skinhead.

Manuela me quisó pero es probable que ya no y esto es la vida, supongo; agarrarse fuerte a la pérdida mientras cae, dejar una ración de frío en el cabecero de la cama por si te quemas jugando, volverse simple o ser feliz que es lo mismo. 
Levantarse o fenecer. 
De alguien hay que morir, me dijo un escritor una vez. 

Pues bien, yo he decidido morir a mi antojo y medida: practicarme la eutanasia en vida y ahora paseo mi cadáver de porte atlético como un chino desorientado por la vía pública. Perfumado y bien vestido, eso sí, no vaya a ser que alguién más se dé cuenta de mi macabro secreto.  

Tw: @evamrojas
IG: @emrv

26 de noviembre de 2014

h






Hoy volví a la vida. 

Yo que fui incendio, luz y calor inesperado; yo que vine a traer el sonido, fui ventana y filtro, olor a primavera en verano. Volví a nacer, hoy, después de 24 años y algún fallito. 

Te "sonreviví", vinieron a buscarme, tiraron de mi lengua y respiré. 

Y fíjate, me he rapado la piel al menos uno, buscando algún resto de algo: algo por algo es, ahora que no estás, cero. Y cero es mil millones de estrellas que ahora no veo pero intuyo con las manos. Y por eso, siento, me duele y sangro luego... existes: he vuelto y (vol)veré. 

Volveré aprendida: el dolor engrandece, angustia y enseña por igual. Y a veces, en lo más hondo de uno mismo crece la flor más bonita; que si no te quieren, que si sí pero no, que qué más da. Que respirar no solo es cosa de los pulmones, que el corazón se vuelve un extraño de vez en cuando y que es probable que cuando te tire la cuerda que necesites para salir de él, no encuentres las manos.

Y otra vez a empezar.

 Sabed, los alérgicos, "el amor está hecho de destiempos" 
y los sueños contienen trazos de realidad. 



20 de noviembre de 2014

Monzón


La desventaja de H fue el impulso. Su impulso por irse, su tozudo pulso por olvidar. Para limpiar de cascotes lo que quedaba en aquella zona cero después de la explosión final, había que deshilvanar uno a uno los recuerdos, deshollinar el corazón, adiestrar la cabeza como a un perro guía... En definitiva, seguir todo un protocolo de seguridad y mentiras ensayadas frente al espejo; un ejercicio en busca de la manera menos dolorosa de separar dos cuerpos que para entonces, ya compartían interior y cuero.


La de K, fue la deriva. La enemistad con uno mismo cuando tiene que enfrentarse a sus propios sentimientos, la vida que se escapa en cada 'ojalá vuelva'. La imposibilidad de arreglar algo hecho papilla, el sonreír al banco vacío de una parada de metro, la puñalada de caminar por el centro de otra mano, respirar el calor de otro abrigo. La 'petite mort' que otros buscarán sin éxito en ti.


La desdicha común, fue la crueldad de algunos nombres propios, antes amigos. La frialdad con la que vino, vio y juntos, se dieron por vencidos. El dolor no específico que se acuña dentro y que cuelga como péndulo de hombro a hombro y en diagonal, las guirnaldas de lo nuevo. 

La tensa parsimonia que no pudieron comprar en la primera planta de ningún gran almacén. 

El teléfono del modista que les arreglaría los rotos. 

12 de noviembre de 2014

L

Ahora que todo son malabares, mal bares y ruinas. Ahora que el sueño se ha desmembrado, como la piel: hilo a hilo. Ahora que viene el desierto del desconcierto y que la música ya no es bálsamo y las flores, carnívoras con ahínco. Ahora que te has caído… que dudas, que te duele pensar, que el espejo mira raro. Ahora que te adviertes bastarda de la vida prometida y sus pro-mentidos “vivientes”. Ahora que el ayer te raja los dedos; ahora que te enmarcas la mala compañía de algunos recuerdos y estás en números rojos de tanta ceremonia y aplauso, giras atada a la ruleta de tu propia desconfianza y grita el speaker

¿Quién quiere empezar con los cuchillos?

Ahora que derivas, invierno y la ausencia de cualquier hoguera cierta ilumina ese miedo que guarece en el macuto vital del ser humano. Ahora que te has desunido de la sólida calma como islote, encuentras en la sociedad la tragadera. Ahora, cuando más te necesitas: no estás. Y en el retrovisor, el frío y la sonrisa sátrapa de un gitano manco que intentó herirte haciendo rebotar unas grapas en tu pecho abierto.

El tuyo ha sido un trayecto largo, lleno de curvas, como un puerto que viene a desembocar en el mismo punto que nace un río. La tuya es una meta con vistas y un paraje en el que la felicidad sea que nada que importe demasiado se vaya. Después de los últimos tropiezos, silentes y hondos, de este último mes y de la emponzoñada calma ante el dolor: obligada ausencia del estómago, sueño severo y neurótico, viene la desidia de un país enemigo de la inteligencia y te arranca una a una, las uñas del corazón. Un corazón fiero que se ha perfilado a base de morder, que ansía, quiere vivamente y necesita de la vida, ejercerla magnánimamente.

Un corazón blanco que sangra, que grita, que confía ciego en las palabras. Que se las dicta al sombrero rugoso con el que piensas. Un corazón que solo gotea de rabia; un corazón bravo y valiente que no ha dejado de funcionar a pesar de los cortocircuitos y las lapas; un acordeón salvaje que instintivamente ha dejado de odiar para crecer como cronopio: también en esta desdicha que en cualquier luego, mutará en suerte.



2 de noviembre de 2014

Acústico

Estoy condenada a vivir como soy: rara. 

Como somos todos los colgados de lo insondable. Que no os parezca una medalla, es más bien un herida de guerra. Eso sí, la contienda es con uno mismo y en el papel, siempre se encañonan balas a medida. 


Por suerte o por desgracia, las preguntas me buscan y no encuentro oficio más honesto que el de intentar resolverlas en el tiempo que el mundo y mi cuerpo tengan pensado prestarse. En cuanto a mis orígenes, una infancia con muchos claros y algún oscuro. Un ratio agradecido porque el vaivén me dejó un sentido de la igualdad preciso como el pulso de un cirujano y un bonito piso en la estacada del escepticismo. No sé nada de lo que no dude y es probable que ninguna realidad se cumpla del todo: juraría que el 70% de mi cuerpo son palabras y el agua se ubica en lo que queda de envase. 


Este ejercicio de sinceridad es el prefacio de la casa que será mi promesa: plantar un sueño, tener un libro y escribirme más de vez en cuando. Escribir como observo: raro. 


Siempre me gustó contar historias. Cuando era niña, solía salir a la pizarra para contar las andanzas de Ángeles Marín. Un ser humano con tanta vida en las entrañas que no se ha consumido ni a los cien años. Fue un "deal" que hice con el profesor de biología, tipo enjuto con gafas redondas y una coletilla joven de esas que enseñan que lo de madrugar para arreglarse el pelo es de papanatas y que las personas que no juzgan, como él, son seres humanos superlativos. Subía el escalón y simplemente hablaba, tejía con sus manos mis palabras: los lances y complicidad entre una mujer, entonces de ochenta años y una niña de doce hasta convertirnos en la misma persona: misma sonrisa a un lado, idénticos gestos con los que replicar al mundo. Ella siempre fue mucho más fuerte que yo. Más fuerte que todos: rara. 


Tras este episodio, que es un mero apunte entre mil batallas, vinieron los años de adolescencia: "regañinas" de profesores que advertían impávidos a mi madre que de tanto hablar me iban a crecer bocas en los codos (una idea que siempre me fascinó) y que mi poca formalidad para/con la economía me iba a convertir en alguien sin futuro. Les diría ahora lo que entonces empezaba a entender: disfruto más contando historias que papeles verdes y me siento extremadamente agradecida por ello. No me voy a quejar de devenir si aún no le conozco. Soy una afortunada sin más fortuna que las personas que le acompañan.


El caso es que contar historias siempre me hizo preguntarme qué era la felicidad y ejercitarla o por lo menos, comprenderla. Por eso mismo intento dedicarme a ello. Mi madre dice que nací para cultivar la alegría y ese es mi principal cometido y propósito. Fui poco constante a veces y topé con algún que otro acantilado; eso me llevo a escribir en serio. Cuando digo en serio, digo poesía. Uno no valora la palabra y su significado, hasta que se le clavan en las costillas. Pasa igual con el amor y el miedo. En el fondo no es tan grave, el amor digo; y el desamor, tampoco. 

Podría invertir muchas páginas más en contar una existencia que mide 24 años que ha crecido como soy: rara, pero prefiero dedicar el tiempo y este espacio a agradecerle a mis flores lo que son: todo. Tuve prisa por nacer y lo hice cuando todos dijeron: ¡IMPOSIBLE!, así que con ocho meses ya estaba respirando mundo y con ganas de gritar. Gracias a mi madre por atreverse después de todo y a mi padre y a mi hermana por acompañarle. A los tres, en definitiva, por quién soy.

Que la existencia es a veces un camino de montaña, lo sabemos todos. Pobre, el que todavía no haya sentido arrastrando un miedo, una nostalgia, una maleta de piedras y recuerdos, como si fueran las latas que cuelgan de la trasera de un coche de bodas. Pero lo que sí es cierto es que yo me he hecho así, como escribo: rara. Un "contante" más y con matices porque no me drogo, "apenas bebo" (la cerveza no cuenta) y soy sapiosexual, todo lo contrario al tricornio del "rocanrol" con el que se ha de cumplir, en al menos una variante y hasta los 40, para que te consideren un canallita o lo que es sinónimo: un escritor. Y admito que me costó tiempo aprender que a la larga estorba menos tener el corazón roto que ser quién lleva el mazo y la sonrisa lacia. El otro día leí que ésto es aprender a amar, aunque como ya he dicho antes, no sé nada de lo que no dude.


¿Qué contar, entonces? Las desentrañas, los sismos... Las personas somos los tickets de mil subibajas, a los que sobrevivimos queriendo(nos). Por eso, escribir era y es, subir la persiana, saber que al otro lado de la pantalla habrá alguien mirándose en el reflejo de las letras; entender que la piel también se enciende, que se puede ser pianista con un diccionario entre las manos. Pero a esas lluvias torrenciales, a esa ciclogénesis explosivas... como lo llama la señorita del tiempo, le debo también el el haber cerrado etapas con textos y entender el mundo como es: raro. 


Y tengo la certeza de que tendré un jardín de hojas que dedicar a mis flores aunque tenga que hipotecarme para seguir escribiendo, mientras me acuerdo de aquellos señores de cartabón y fórmulas para economizar billetes, llegaré muy digna al banco, abriré este libro que hoy comienza y le diré al señor banquero:



Tenga, las cicatrices que me avalan.





22 de mayo de 2014

B-alas a medida




-La vida era ayer- Se dijo.

Cerró la puerta del coche con fuerza e hizo lo mismo con los ojos. Como henchida en rabia, bajó las pestañas de un golpe seco que sonó a la par que el portazo. Se atusó el pelo revuelto por el viaje. Sonaba un silencio tras de si. 

Ya se ponía el sol y las siluetas empezaban a dibujarse lánguidas sobre el rocoso de aquel inhospitalario lugar.

La nada nunca es profunda si solo implica a una persona. Comprendió entonces que no había retorno. Estaba sola y perdida, además de en busca y captura por el asfixiante brazo del ayer y tenía mucha sed. Buscó entre su bolsa algo que le saciara y sólo encontró una miniatura de alcohol que había encontrado en la noche entre los tachos. Aún siendo las 8 de la tarde, bebió con tanta apetencia que tuvo que escupirse en un zapato. Maldijo en alto.

Se había convertido en todo lo que odió durante esos años pero esa vida de corso que tanto había criticado, no acaba de indigestarle el ánimo después de todo. Por lo menos, no más que la anterior. Al fin y al cabo, el hombre nace de fino mármol y es el mundo el único cincel. Uno nunca se imagina capaz de provenir en mutante emocional y eso era exactamente, en lo que se había convertido.

1. Negación

Doce de abril, cumplía medio siglo de vida. Los cuarenta llegaban de chaqué, con un ramillete de arrugas en la mano y un punto de inflexión en la solapa. Solía pensar que cada uno de esos surcos que le entristecían la expresión, componían su historia al igual que la luz compone la  fotografía y el silencio, la música. Sería oportuno, pensó, recopilarlas una vez llegados al ocaso de la vida; guardarlas en una caja cualquiera para poder proyectarlas lanzándolas al aire como la película de los restos de una vida. Les tenía tanto respeto que nunca intentó ocultarlas; ella era un mapa de vida, con sus líneas de teléfono y direcciones postales, con lo bueno y lo malo: historias al fin y al cabo, ahora más definidas y nítidas de lo que nunca habían estado.

Se apoyó en la madera dudando por un segundo si sortearla y regalar sus restos a la caída libre. Era un mirador crecido entre montañas… inevitable no soñar despierto. Si con suerte pudiera desintegrarme con el ruido –pensó– volverme mota de polvo, marioneta de hilos, bailando entre la luz de un proyector que anuncia los créditos de un melodrama; de esos que consiguen retener al público en la butaca aún cuando el show ya ha terminado. Expectantes, pensativos y dudosos de toda realidad: más humanos, más frágiles que nunca. 

Mimetizarse con la naturaleza le hubiese salvado de la ansiedad que acunaba en sus cuencas y petrificaba el aire de alrededor, pero el universo, tan sordo como la pena, hizo que nada de eso fuera:  ni naturaleza invertida, ni corazón cogido entre almohadas… solo bisagras, pinzas de metal: parches hasta en los huesos. 

2. Ira

Por suerte, ella siempre había sido férrea, como forjada en forma de espada. Por eso en el momento de parón, muerte y eternidad le sonaban demasiado intensos, como invertidos... Ni siquiera tenía claro si quería caer en el inabarcable motivo que los supone siendo lo mismo. –Manuela, el suicidio es el único pecado que Dios no perdona. No se ha de poner en duda su misericordia Recordó en boca de su tía Lucía. 

Cuando Teo se fue, se ahorró palabras y explicaciones; también el viaje, pues la señorita que ocupaba el puesto en la oficina de turismo fue embebida por el planeta del mismo modo. Fue un intento de conjetura entre astros y demás circunstancias que no atienden a razones –siempre es la hora del café en la oficina del destino, cuando llega piedad con exigencias– de construir una gran cuesta desde la que Manuela pudiese caer, chocándose con 20 años de matrimonio y una hija. 

En la meta, había un par de buenos amigos, libros de autoayuda y un polvorín que al encenderse alumbraba un camino sin rastro alguno de la felicidad.  Es lo que tienen las grandes exclusivas que entrañan desgracias, atraen al amigo de vida ajena, y el pueblo eclosionó en una revolución de corralas. 

3. Negociación

Las más mayores llamaban a los teléfonos que anuncian a altas horas en la tele para preguntarle a una tal Maruja dónde carajo se había metido el señor doctor. Carmina, la portavoz, sugirió, en la siguiente asamblea popular sitiada en la plaza del pueblo, que alguien debía que recetarle sus pastillas para no llorar con la novela o sufrirían terroríficas inundaciones y plagas. Ahora que el marido de Manuela había decidido embarcar o naufragar; nadie sabía a ciencia cierta, ni siquiera las voces de los 902, donde guardaba el dichoso hombre los placebos de las viejas. Ni mucho menos por qué se fue de raíz, sin cuidados paliativos; sin luces, ni pañuelos blancos en las ventanas. 

Los hombres, por su parte, emprendieron una búsqueda a tocateja por todas las lindes del pueblo: no debía de andar muy lejos, se había olvidado la petaca en el cajón de la consulta y todos sabían que sin fuel, no encontraba inspiración para diagnosticar. Tampoco para huir, pensaron, usando la lógica por primera vez en años.

4. Depresión

Lo cierto es que Manuela nunca lloró por Teo. Aquello era un continuo ventanal al fin. Compartían techo pero no vida. Él detestaba sus ansias de salir de la plaza de Aguaverde, así se llamaba el pueblo done transcurren lo hechos; y ella no comprendía sus agudas manías. Durante un tiempo, tuvo a bien amontonar peces silvestres en todos los cantaros de la casa. A veces, mientras leía, le parecía ver que alguno de esos animalitos de ojos grandes y abombados, movía las branquias en señal de auxilio, encaramados al tallo de las flores del jarrón que era su celda. Ella, viéndose en el reflejo los mismos ojos cansados, los devolvía al río sin que se diese cuenta.

Pero al ver a María deshojarse, una amapola le crecía en el estómago y le incendiaba el apetito de desvivir una a una aquellas semanas llenas de incertidumbre y cuchicheo crónico. Cada vez que escuchaba su voz en alto en la calle y romper a llorar, al entrar por la puerta de la casa, tenía que reconstruirse de nuevo: latido a latido. Tenía que escribir un guión de dos con el que tenía pensado inaugurar una nueva vida, un giro afilado como el silencio ante abismo pero que podía suponer su salvación y la de su hija.

5. Aceptación

Necesitaba planes –eso es- conversó en petite comité con sus vísceras: planes. Aviones de papel que lleguen desde lejos, cargados de palabritas con forma de salvavidas. Consejos de importación, valiosas moralejas de algún experto en la vida, si es que eso existe… porque la tripulación de cuerpo se iba a pique y necesitaba intenciones más renovadas que firmes, sobre todo lo acontecido días atrás: una trampa mortal con poco encanto y mucho humo. Ya se sabe, de vez en cuando nos gusta tropezar con alguna piedra por si la suerte la vuelve preciosa. Ésta era diminuta y la tenía enchinada en un zapato, al que le gustaba llamar corazón, y aún le quedaban años de camino hacia si misma.

El relámpago había estallado, así que ahora venía la tormenta: aguaceros que se llevarían los puntos; puntos en el corazón, en los ojos… puntos en los recuerdos y en la vida; puntos y más puntos. Tantos que mutaban en comas. Y de las comas a la canas. Precisamente en la cabeza, le anidó el peso de ese punto final sórdido que resultó ser al fin y al cabo, un fénix.

Ya veía a los lejos, los años marcharse… llevaban frac y maletín; un kit que siempre le pareció demasiado tétrico. Porque Manuela Velarde siempre fue muy altruista, incluso en lo extremo, así que había dado orden expresa a su organismo para que le escalasen las penas, del corazón a los railes de los ojos y despedir educadamente a aquellos señores de negro sin reloj que tan infeliz le habían hecho y que se llevaban, haciendo sonar un réquiem, el ajuar de su boda, un par de muebles y mil fotografías.

6. Catarsis

Fue entonces, en aquel acantilado, donde brotó la primera lágrima. Como si la altitud de aquellas rocas le contagiase del optimismo necesario para romper a llorar en una situación extrema. Rodó una lágrima pómulo a través, que fue a caer en la tierra desde donde saludaba una planta de violetas. 

La planta más triste del mundo. 
También la más bonita, pensó. 


-María no es buena idea que me veas llorar- Se atusó el cuello de la camisa como disimulando y apretó contra el pecho la foto de su hija; siempre al lado de la suya en la cartera. Era una instantánea de cuando tenía 18 años y las ganas de todo, impolutas. Volvió al coche arrastrando los pies, con el corazón en las punteras y agitando los dedos contra el aire como tentando al tiempo. 

Palpó el volante con las dos manos. Sonaba el rugir del motor de su viejo coche heredado. Nada de lujos, en una historia de sacrificio. De fondo música suave. "You´re really easy to love" tarareaba. Bajó el cristal de la ventanilla como si fueran los barrotes de una celda y dejó que el aire le bailara los sueños.

Se miró en el espejo del retrovisor mientras arrancaba y susurró para sí: 

la vida es hoy, querida.

Y es toda para ti.






BOOM




Las palabras son animales de colores, por eso, también son las mejores amigas del hombre. Porque definen lo sensible: la vanagloriada carroña emocional. Dentro del kit de supervivencia humana al que llamamos arte, tendemos a apreciar fuerte lo que más duele, lo que remueve. Máxime cuan más cuervo le ha vuelto a uno, el sentimiento puro.

Palabras, como continentes, como plagas; elementos invasivos de mi vida, me tenéis empapelada. Cuando os veo gotear de la nube a mi almohada y os pido alas, siempre me dais (h)ojalas; me alhajáis. 

Del corazón al cerebro y de ahí a las antenas de la piel... al rail de los ojos; y luego –boom- os esfumáis en lo que dura un cigarro compartido o una poesía a medias; en lo que tarda en deshojarse un corazón, o sea, una primavera.

Palabras y hombre, reflejo de si mismos, perseguidores, ambos, insaciables de amor y córtex: equilibrio utópico y viceversos. Sabuesos en busca del caos que cuadre el circulo que supone ser humo, digo humano: seres de un rato.


Ay, la levedad del ser y otras vísceras; el aterciopelado yugo de la tristeza...

Antes de que florezca en mí la razón, que lo hagan las flores.