22 de mayo de 2014

B-alas a medida




-La vida era ayer- Se dijo.

Cerró la puerta del coche con fuerza e hizo lo mismo con los ojos. Como henchida en rabia, bajó las pestañas de un golpe seco que sonó a la par que el portazo. Se atusó el pelo revuelto por el viaje. Sonaba un silencio tras de si. 

Ya se ponía el sol y las siluetas empezaban a dibujarse lánguidas sobre el rocoso de aquel inhospitalario lugar.

La nada nunca es profunda si solo implica a una persona. Comprendió entonces que no había retorno. Estaba sola y perdida, además de en busca y captura por el asfixiante brazo del ayer y tenía mucha sed. Buscó entre su bolsa algo que le saciara y sólo encontró una miniatura de alcohol que había encontrado en la noche entre los tachos. Aún siendo las 8 de la tarde, bebió con tanta apetencia que tuvo que escupirse en un zapato. Maldijo en alto.

Se había convertido en todo lo que odió durante esos años pero esa vida de corso que tanto había criticado, no acaba de indigestarle el ánimo después de todo. Por lo menos, no más que la anterior. Al fin y al cabo, el hombre nace de fino mármol y es el mundo el único cincel. Uno nunca se imagina capaz de provenir en mutante emocional y eso era exactamente, en lo que se había convertido.

1. Negación

Doce de abril, cumplía medio siglo de vida. Los cuarenta llegaban de chaqué, con un ramillete de arrugas en la mano y un punto de inflexión en la solapa. Solía pensar que cada uno de esos surcos que le entristecían la expresión, componían su historia al igual que la luz compone la  fotografía y el silencio, la música. Sería oportuno, pensó, recopilarlas una vez llegados al ocaso de la vida; guardarlas en una caja cualquiera para poder proyectarlas lanzándolas al aire como la película de los restos de una vida. Les tenía tanto respeto que nunca intentó ocultarlas; ella era un mapa de vida, con sus líneas de teléfono y direcciones postales, con lo bueno y lo malo: historias al fin y al cabo, ahora más definidas y nítidas de lo que nunca habían estado.

Se apoyó en la madera dudando por un segundo si sortearla y regalar sus restos a la caída libre. Era un mirador crecido entre montañas… inevitable no soñar despierto. Si con suerte pudiera desintegrarme con el ruido –pensó– volverme mota de polvo, marioneta de hilos, bailando entre la luz de un proyector que anuncia los créditos de un melodrama; de esos que consiguen retener al público en la butaca aún cuando el show ya ha terminado. Expectantes, pensativos y dudosos de toda realidad: más humanos, más frágiles que nunca. 

Mimetizarse con la naturaleza le hubiese salvado de la ansiedad que acunaba en sus cuencas y petrificaba el aire de alrededor, pero el universo, tan sordo como la pena, hizo que nada de eso fuera:  ni naturaleza invertida, ni corazón cogido entre almohadas… solo bisagras, pinzas de metal: parches hasta en los huesos. 

2. Ira

Por suerte, ella siempre había sido férrea, como forjada en forma de espada. Por eso en el momento de parón, muerte y eternidad le sonaban demasiado intensos, como invertidos... Ni siquiera tenía claro si quería caer en el inabarcable motivo que los supone siendo lo mismo. –Manuela, el suicidio es el único pecado que Dios no perdona. No se ha de poner en duda su misericordia Recordó en boca de su tía Lucía. 

Cuando Teo se fue, se ahorró palabras y explicaciones; también el viaje, pues la señorita que ocupaba el puesto en la oficina de turismo fue embebida por el planeta del mismo modo. Fue un intento de conjetura entre astros y demás circunstancias que no atienden a razones –siempre es la hora del café en la oficina del destino, cuando llega piedad con exigencias– de construir una gran cuesta desde la que Manuela pudiese caer, chocándose con 20 años de matrimonio y una hija. 

En la meta, había un par de buenos amigos, libros de autoayuda y un polvorín que al encenderse alumbraba un camino sin rastro alguno de la felicidad.  Es lo que tienen las grandes exclusivas que entrañan desgracias, atraen al amigo de vida ajena, y el pueblo eclosionó en una revolución de corralas. 

3. Negociación

Las más mayores llamaban a los teléfonos que anuncian a altas horas en la tele para preguntarle a una tal Maruja dónde carajo se había metido el señor doctor. Carmina, la portavoz, sugirió, en la siguiente asamblea popular sitiada en la plaza del pueblo, que alguien debía que recetarle sus pastillas para no llorar con la novela o sufrirían terroríficas inundaciones y plagas. Ahora que el marido de Manuela había decidido embarcar o naufragar; nadie sabía a ciencia cierta, ni siquiera las voces de los 902, donde guardaba el dichoso hombre los placebos de las viejas. Ni mucho menos por qué se fue de raíz, sin cuidados paliativos; sin luces, ni pañuelos blancos en las ventanas. 

Los hombres, por su parte, emprendieron una búsqueda a tocateja por todas las lindes del pueblo: no debía de andar muy lejos, se había olvidado la petaca en el cajón de la consulta y todos sabían que sin fuel, no encontraba inspiración para diagnosticar. Tampoco para huir, pensaron, usando la lógica por primera vez en años.

4. Depresión

Lo cierto es que Manuela nunca lloró por Teo. Aquello era un continuo ventanal al fin. Compartían techo pero no vida. Él detestaba sus ansias de salir de la plaza de Aguaverde, así se llamaba el pueblo done transcurren lo hechos; y ella no comprendía sus agudas manías. Durante un tiempo, tuvo a bien amontonar peces silvestres en todos los cantaros de la casa. A veces, mientras leía, le parecía ver que alguno de esos animalitos de ojos grandes y abombados, movía las branquias en señal de auxilio, encaramados al tallo de las flores del jarrón que era su celda. Ella, viéndose en el reflejo los mismos ojos cansados, los devolvía al río sin que se diese cuenta.

Pero al ver a María deshojarse, una amapola le crecía en el estómago y le incendiaba el apetito de desvivir una a una aquellas semanas llenas de incertidumbre y cuchicheo crónico. Cada vez que escuchaba su voz en alto en la calle y romper a llorar, al entrar por la puerta de la casa, tenía que reconstruirse de nuevo: latido a latido. Tenía que escribir un guión de dos con el que tenía pensado inaugurar una nueva vida, un giro afilado como el silencio ante abismo pero que podía suponer su salvación y la de su hija.

5. Aceptación

Necesitaba planes –eso es- conversó en petite comité con sus vísceras: planes. Aviones de papel que lleguen desde lejos, cargados de palabritas con forma de salvavidas. Consejos de importación, valiosas moralejas de algún experto en la vida, si es que eso existe… porque la tripulación de cuerpo se iba a pique y necesitaba intenciones más renovadas que firmes, sobre todo lo acontecido días atrás: una trampa mortal con poco encanto y mucho humo. Ya se sabe, de vez en cuando nos gusta tropezar con alguna piedra por si la suerte la vuelve preciosa. Ésta era diminuta y la tenía enchinada en un zapato, al que le gustaba llamar corazón, y aún le quedaban años de camino hacia si misma.

El relámpago había estallado, así que ahora venía la tormenta: aguaceros que se llevarían los puntos; puntos en el corazón, en los ojos… puntos en los recuerdos y en la vida; puntos y más puntos. Tantos que mutaban en comas. Y de las comas a la canas. Precisamente en la cabeza, le anidó el peso de ese punto final sórdido que resultó ser al fin y al cabo, un fénix.

Ya veía a los lejos, los años marcharse… llevaban frac y maletín; un kit que siempre le pareció demasiado tétrico. Porque Manuela Velarde siempre fue muy altruista, incluso en lo extremo, así que había dado orden expresa a su organismo para que le escalasen las penas, del corazón a los railes de los ojos y despedir educadamente a aquellos señores de negro sin reloj que tan infeliz le habían hecho y que se llevaban, haciendo sonar un réquiem, el ajuar de su boda, un par de muebles y mil fotografías.

6. Catarsis

Fue entonces, en aquel acantilado, donde brotó la primera lágrima. Como si la altitud de aquellas rocas le contagiase del optimismo necesario para romper a llorar en una situación extrema. Rodó una lágrima pómulo a través, que fue a caer en la tierra desde donde saludaba una planta de violetas. 

La planta más triste del mundo. 
También la más bonita, pensó. 


-María no es buena idea que me veas llorar- Se atusó el cuello de la camisa como disimulando y apretó contra el pecho la foto de su hija; siempre al lado de la suya en la cartera. Era una instantánea de cuando tenía 18 años y las ganas de todo, impolutas. Volvió al coche arrastrando los pies, con el corazón en las punteras y agitando los dedos contra el aire como tentando al tiempo. 

Palpó el volante con las dos manos. Sonaba el rugir del motor de su viejo coche heredado. Nada de lujos, en una historia de sacrificio. De fondo música suave. "You´re really easy to love" tarareaba. Bajó el cristal de la ventanilla como si fueran los barrotes de una celda y dejó que el aire le bailara los sueños.

Se miró en el espejo del retrovisor mientras arrancaba y susurró para sí: 

la vida es hoy, querida.

Y es toda para ti.






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