2 de noviembre de 2014

Acústico

Estoy condenada a vivir como soy: rara. 

Como somos todos los colgados de lo insondable. Que no os parezca una medalla, es más bien un herida de guerra. Eso sí, la contienda es con uno mismo y en el papel, siempre se encañonan balas a medida. 


Por suerte o por desgracia, las preguntas me buscan y no encuentro oficio más honesto que el de intentar resolverlas en el tiempo que el mundo y mi cuerpo tengan pensado prestarse. En cuanto a mis orígenes, una infancia con muchos claros y algún oscuro. Un ratio agradecido porque el vaivén me dejó un sentido de la igualdad preciso como el pulso de un cirujano y un bonito piso en la estacada del escepticismo. No sé nada de lo que no dude y es probable que ninguna realidad se cumpla del todo: juraría que el 70% de mi cuerpo son palabras y el agua se ubica en lo que queda de envase. 


Este ejercicio de sinceridad es el prefacio de la casa que será mi promesa: plantar un sueño, tener un libro y escribirme más de vez en cuando. Escribir como observo: raro. 


Siempre me gustó contar historias. Cuando era niña, solía salir a la pizarra para contar las andanzas de Ángeles Marín. Un ser humano con tanta vida en las entrañas que no se ha consumido ni a los cien años. Fue un "deal" que hice con el profesor de biología, tipo enjuto con gafas redondas y una coletilla joven de esas que enseñan que lo de madrugar para arreglarse el pelo es de papanatas y que las personas que no juzgan, como él, son seres humanos superlativos. Subía el escalón y simplemente hablaba, tejía con sus manos mis palabras: los lances y complicidad entre una mujer, entonces de ochenta años y una niña de doce hasta convertirnos en la misma persona: misma sonrisa a un lado, idénticos gestos con los que replicar al mundo. Ella siempre fue mucho más fuerte que yo. Más fuerte que todos: rara. 


Tras este episodio, que es un mero apunte entre mil batallas, vinieron los años de adolescencia: "regañinas" de profesores que advertían impávidos a mi madre que de tanto hablar me iban a crecer bocas en los codos (una idea que siempre me fascinó) y que mi poca formalidad para/con la economía me iba a convertir en alguien sin futuro. Les diría ahora lo que entonces empezaba a entender: disfruto más contando historias que papeles verdes y me siento extremadamente agradecida por ello. No me voy a quejar de devenir si aún no le conozco. Soy una afortunada sin más fortuna que las personas que le acompañan.


El caso es que contar historias siempre me hizo preguntarme qué era la felicidad y ejercitarla o por lo menos, comprenderla. Por eso mismo intento dedicarme a ello. Mi madre dice que nací para cultivar la alegría y ese es mi principal cometido y propósito. Fui poco constante a veces y topé con algún que otro acantilado; eso me llevo a escribir en serio. Cuando digo en serio, digo poesía. Uno no valora la palabra y su significado, hasta que se le clavan en las costillas. Pasa igual con el amor y el miedo. En el fondo no es tan grave, el amor digo; y el desamor, tampoco. 

Podría invertir muchas páginas más en contar una existencia que mide 24 años que ha crecido como soy: rara, pero prefiero dedicar el tiempo y este espacio a agradecerle a mis flores lo que son: todo. Tuve prisa por nacer y lo hice cuando todos dijeron: ¡IMPOSIBLE!, así que con ocho meses ya estaba respirando mundo y con ganas de gritar. Gracias a mi madre por atreverse después de todo y a mi padre y a mi hermana por acompañarle. A los tres, en definitiva, por quién soy.

Que la existencia es a veces un camino de montaña, lo sabemos todos. Pobre, el que todavía no haya sentido arrastrando un miedo, una nostalgia, una maleta de piedras y recuerdos, como si fueran las latas que cuelgan de la trasera de un coche de bodas. Pero lo que sí es cierto es que yo me he hecho así, como escribo: rara. Un "contante" más y con matices porque no me drogo, "apenas bebo" (la cerveza no cuenta) y soy sapiosexual, todo lo contrario al tricornio del "rocanrol" con el que se ha de cumplir, en al menos una variante y hasta los 40, para que te consideren un canallita o lo que es sinónimo: un escritor. Y admito que me costó tiempo aprender que a la larga estorba menos tener el corazón roto que ser quién lleva el mazo y la sonrisa lacia. El otro día leí que ésto es aprender a amar, aunque como ya he dicho antes, no sé nada de lo que no dude.


¿Qué contar, entonces? Las desentrañas, los sismos... Las personas somos los tickets de mil subibajas, a los que sobrevivimos queriendo(nos). Por eso, escribir era y es, subir la persiana, saber que al otro lado de la pantalla habrá alguien mirándose en el reflejo de las letras; entender que la piel también se enciende, que se puede ser pianista con un diccionario entre las manos. Pero a esas lluvias torrenciales, a esa ciclogénesis explosivas... como lo llama la señorita del tiempo, le debo también el el haber cerrado etapas con textos y entender el mundo como es: raro. 


Y tengo la certeza de que tendré un jardín de hojas que dedicar a mis flores aunque tenga que hipotecarme para seguir escribiendo, mientras me acuerdo de aquellos señores de cartabón y fórmulas para economizar billetes, llegaré muy digna al banco, abriré este libro que hoy comienza y le diré al señor banquero:



Tenga, las cicatrices que me avalan.





2 comentarios:

  1. Eres una piedra preciosa

    ResponderEliminar
  2. He llegado aquí casualmente. Me encanta! Sigo leyéndote (:

    ResponderEliminar