12 de noviembre de 2014

L

Ahora que todo son malabares, mal bares y ruinas. Ahora que el sueño se ha desmembrado, como la piel: hilo a hilo. Ahora que viene el desierto del desconcierto y que la música ya no es bálsamo y las flores, carnívoras con ahínco. Ahora que te has caído… que dudas, que te duele pensar, que el espejo mira raro. Ahora que te adviertes bastarda de la vida prometida y sus pro-mentidos “vivientes”. Ahora que el ayer te raja los dedos; ahora que te enmarcas la mala compañía de algunos recuerdos y estás en números rojos de tanta ceremonia y aplauso, giras atada a la ruleta de tu propia desconfianza y grita el speaker

¿Quién quiere empezar con los cuchillos?

Ahora que derivas, invierno y la ausencia de cualquier hoguera cierta ilumina ese miedo que guarece en el macuto vital del ser humano. Ahora que te has desunido de la sólida calma como islote, encuentras en la sociedad la tragadera. Ahora, cuando más te necesitas: no estás. Y en el retrovisor, el frío y la sonrisa sátrapa de un gitano manco que intentó herirte haciendo rebotar unas grapas en tu pecho abierto.

El tuyo ha sido un trayecto largo, lleno de curvas, como un puerto que viene a desembocar en el mismo punto que nace un río. La tuya es una meta con vistas y un paraje en el que la felicidad sea que nada que importe demasiado se vaya. Después de los últimos tropiezos, silentes y hondos, de este último mes y de la emponzoñada calma ante el dolor: obligada ausencia del estómago, sueño severo y neurótico, viene la desidia de un país enemigo de la inteligencia y te arranca una a una, las uñas del corazón. Un corazón fiero que se ha perfilado a base de morder, que ansía, quiere vivamente y necesita de la vida, ejercerla magnánimamente.

Un corazón blanco que sangra, que grita, que confía ciego en las palabras. Que se las dicta al sombrero rugoso con el que piensas. Un corazón que solo gotea de rabia; un corazón bravo y valiente que no ha dejado de funcionar a pesar de los cortocircuitos y las lapas; un acordeón salvaje que instintivamente ha dejado de odiar para crecer como cronopio: también en esta desdicha que en cualquier luego, mutará en suerte.



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