20 de noviembre de 2014

Monzón


La desventaja de H fue el impulso. Su impulso por irse, su tozudo pulso por olvidar. Para limpiar de cascotes lo que quedaba en aquella zona cero después de la explosión final, había que deshilvanar uno a uno los recuerdos, deshollinar el corazón, adiestrar la cabeza como a un perro guía... En definitiva, seguir todo un protocolo de seguridad y mentiras ensayadas frente al espejo; un ejercicio en busca de la manera menos dolorosa de separar dos cuerpos que para entonces, ya compartían interior y cuero.


La de K, fue la deriva. La enemistad con uno mismo cuando tiene que enfrentarse a sus propios sentimientos, la vida que se escapa en cada 'ojalá vuelva'. La imposibilidad de arreglar algo hecho papilla, el sonreír al banco vacío de una parada de metro, la puñalada de caminar por el centro de otra mano, respirar el calor de otro abrigo. La 'petite mort' que otros buscarán sin éxito en ti.


La desdicha común, fue la crueldad de algunos nombres propios, antes amigos. La frialdad con la que vino, vio y juntos, se dieron por vencidos. El dolor no específico que se acuña dentro y que cuelga como péndulo de hombro a hombro y en diagonal, las guirnaldas de lo nuevo. 

La tensa parsimonia que no pudieron comprar en la primera planta de ningún gran almacén. 

El teléfono del modista que les arreglaría los rotos. 

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