9 de enero de 2015

1.

El día que Manu se fue de casa, sentí impotencia y rabia: un dolor acostado como un perro ciego encarcelado en mis costillas. Por lo pronto, la luna dejó de ser esfera semipreciosa para descubrise como un neón publicitario más... con esos desagradables surcos adolescentes... un astro desmejorado que por supuesto, no atendería ninguna petición o plegaria de este lobo herido. 

La verdad es que nunca pensé que fuese a doler tan alto. Peor que un desgarro de escroto o que una amputación de huevos, fue la estampa de mi cama vacía: la orfandad de los veinte metros cuadrados de esta casa y la puta lejanía de los interruptores que empecé a no alcanzar desde mi lado del sofá. 

Solíamos encender unas luces que adornaban la pared al hacer el amor como si fuese festivo en el barrio. Ella decía que era para celebrar la vida a través del coito y mientras me daba besos cíclopes de los de Cortázar. 
Antes, durante y después. 
Ella era un beso cíclope. 
Ella era la palabra.

Nunca fui un ser tan leve como en esos días de amor epiléptico, nunca me reconocería menos ogro de musgo en la cabeza y corazón-caverna. En ningún caso, nunca antes fui más persona. Pero como todo en este valle, ella se fue y el enano cabrón e insaciable de la infelicidad me aterrizó de golpe. Con esas garras oxídadas con las que perfora los órganos de sus víctimas, me pateó los huesos con la compasión de un skinhead.

Manuela me quisó pero es probable que ya no y esto es la vida, supongo; agarrarse fuerte a la pérdida mientras cae, dejar una ración de frío en el cabecero de la cama por si te quemas jugando, volverse simple o ser feliz que es lo mismo. 
Levantarse o fenecer. 
De alguien hay que morir, me dijo un escritor una vez. 

Pues bien, yo he decidido morir a mi antojo y medida: practicarme la eutanasia en vida y ahora paseo mi cadáver de porte atlético como un chino desorientado por la vía pública. Perfumado y bien vestido, eso sí, no vaya a ser que alguién más se dé cuenta de mi macabro secreto.  

Tw: @evamrojas
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